Aquellas eran las largas noches en las que nos develábamos recitándo poemas, desnudos uno al lado del otro, en ocasiones solo sentía que tú mirada era la que me vestía. Me acariciabas con ella tan suavemente que la dejaba entrar entre mis muslos. Pero esas noches no han vuelto de mano de alguien más y sinceramente dudo que lleguen pronto.
Si yo conservase a mi cuerpo como un templo, no dejaría que nadie lo mirase en la intimidad de unas sabanas en plena tarde, pero ese cuerpo no es un templo, siente, está hecho de carne que siente, que le agrada el tacto, aquella necesidad de tacto que sentimos todos, pero hasta ahí. Sé que a ti también te ha pasado, es un pensamiento lógico que ha pasado por mi cabeza, así que no lo niegues.
Pero no he logrado conservarlo de ese modo, tampoco pretendía hacerlo, aunque ese deseo de sentir alguien próximo a mí, no me lo han inspirado y no pierdo la esperanza de que lo hagan. Y entonces mi ropa corre a trepase por mi cuerpo como un lactante buscando el pecho de su madre.
